HUIDOBRO, ADIOS
Francisco Javier Villegas
Escribo esta columna, algunos días después de haber estado visitando la tumba del poeta Vicente Huidobro, en el Sur, allá en la comuna-balneario de Cartagena. Sin embargo, para escribirla es necesario contar de aquellos años en que su vida estuvo llena de escritura, provocaciones, viajes, soledad y finalmente abandono. El poeta que fuera un clásico en París de los años 20 participando de todo ese huracán estético en la gran revolución del arte y que escribió que tenía derecho a ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris, sencillamente no fue profeta en su tierra.
Cincuenta y nueve años después de su muerte, camino en Cartagena, con el mar abierto de par en par, por los mismos lugares que el poeta debió haber recorrido. Desde la avenida costanera, observando las altas laderas que se alzan hacia el oriente, hacia la subida Huidobro, un lugar convertido ahora en un montón de viejas casonas que ofrecen pensiones y residenciales a los viajeros, como yo, mientras pienso en el poeta enfrentado a su propio holocausto, a su propia revelación en ese curioso destino que lo volvió a Cartagena, en sus últimos días, al regresar de Europa en 1946, mientras recuerdo ese bello poema que señalaba a la poesía como un perfecto atentado celeste: “ Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia / Hay la espera de mí mismo / Y esta espera es otro modo de presencia…”
Camino ahora en dirección a la tumba del poeta, en una de estas tardes extrañas, nubladas, pero con un tiempo suave y quieto. Subo por una huella de piedras y tierra en medio de una vegetación más bien baja y seca, con pocos árboles. En medio de esa caminata, un poco menos imposible que las subidas de los cerros de Valparaíso, surge una interrogación: ¿Ningún recuerdo, ninguna indicación en memoria del poeta? Vicente, el imaginativo de tiempo completo, no tardó en encontrar su última trinchera en los tranquilos cerros de Cartagena. En aquel retiro, frente al Pacífico, donde aún se conserva la casona familiar, se encuentra el sitio que designó personalmente para ser sepultado: un lugar donde ni siquiera algunas aves pueden borrar todas las penas que marcan el lugar. Ninguna flor. Asientos destruidos. Restos de pintura, rayados obscenos…
El más vanguardista de los poetas hispanoamericanos, sin premios ni buena crítica, duerme en lo alto de un cerro desde cuyo lugar se divisa entera la copa oceánica de la Playa Chica. Tal vez, por lo mismo, como presintiendo lo que iba a suceder, escribió con algo de cansancio y esperanza el verso que sobre su lápida dice: “Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar”.
No hay caso parece decir la tarde con cierta indiferencia. Vuelvo de regreso por la misma huella de piedras y tierra…Nadie más asoma el cuerpo entre estos cerros que recobran el pasado inmediato y me alejo de la tumba como si ésta nunca hubiera existido o como si el poeta Huidobro no hubiese muerto jamás.
martes, 1 de enero de 2008
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