martes, 1 de enero de 2008

LA CIUDAD DE ANTOFAGASTA (CHILE) Y SUS LIBRERÍAS

LA CIUDAD DE ANTOFAGASTA Y SUS LIBRERÍAS


Francisco Javier Villegas


Un viejo compañero de letras argentino me contaba en el verano recién pasado su visión de esta realidad urbana: “Tengo que confesarte la verdad. No he podido encontrar una librería con alma y con belleza en este paraje del desierto…” En ello y según una estadística verificablemente simple, el habitante de esta ciudad cuenta con sólo tres óptimas librerías y un mercado alternativo del negocio librero, en dos lugares públicos de esta urbe. Podemos determinar, entonces, que existe sólo una de ellas por cada 115 mil personas aproximadamente: una cantidad pobrísima si la comparamos con la abarrotada cantidad de hoteles y residenciales de turismo; moteles y locales nocturnos que inundan este afiebrado y largo dominio nortino. Ahora, no nos asustemos tanto, dirá alguien, porque Santiago, con ya seis millones de habitantes, tiene apenas 50 saludables librerías.

Recorrer la ciudad en busca de un sitio íntimo cuya seducción opera a través de la serie de títulos y de sus estanterías repletas de libros puede deparar un golpe inaudito y estéticamente gozoso para quien ya esté cansado del vano artificio y de la típica postal desértica. Es sabido que estos lugares del conocimiento, entregan en parte, de una manera sencillísima, la temperatura cultural de una ciudad y la nuestra, por cierto, debe subir, a por lo menos veinte grados. El libro, ese viejo amigo de la mancomunión y del cambio social, debe vivir, por supuesto, en el lector, pero su punto de inicio se encuentra en su casa esencial: la librería. Como quiera que se observe ese lugar debe ser un cálido espacio donde el libro comienza a vivir. Y pienso en ello donde los lectores furtivos debemos quedar mudos leyendo sus títulos, olfateando sus páginas; calados por la magia propia del disfrute literario. Agrego un dato literario, al respecto: a Ernest Hemingway, por ejemplo, le preguntaron en cierta oportunidad qué lugar nunca dejaba de visitar en su recorrido por una ciudad y el gran lobo y romántico inconfeso, respondió, entre otras consideraciones, que su voluntad, le obligaba a conocer las librerías que existían en ella, además de los cementerios…


El mundo en que vivimos hace necesario e indispensable que una parte de lo nuestro, de lo cotidiano permanezca en ese ámbito de lo maravilloso y fantástico que es la impresión de leer: el sentimiento de lo bello nos confirma la necesidad del hallazgo por un buen libro ya que la magia de la lectura, una responsabilidad de progreso social, no terminará nunca que ni siquiera la tecnología digital podrá sustituir.











Quisiera recordar una afirmación que apareció en España, en un estudio realizado por CEGAL, sobre la situación de las librerías y que es válido también para América Latina : el sector de las librerías tiene un papel cultural fundamental dentro del mercado del libro: principalmente como agentes que garantizan y promueven el pluralismo en la oferta de libros en el mercado, que a la vez favorecen el acceso de los lectores a la oferta de editorial y que pueden orientar las decisiones de la demanda. El reconocimiento de la importancia de esta función cultural de la librería debe ocupar un espacio destacado en el contenido de una política pública de fomento del libro…

En fin, el libro me sigue dando un gusto de silencio en la garganta. No importa cuántas veces haya estado en una librería, ya sea en Valparaíso, Puerto Montt, Mendoza, Buenos Aires o en una ilimitada librería de viejo…la sensación es siempre la misma: asombro por su olor particular, por el misterio de la poesía en sus estanterías…Me temo que en más de una oportunidad esa vehemente necesidad de leer me dejó sin almorzar, pero el misterioso ejemplar recién comprado me aseguró el sabor de una deliciosa e infinita frescura.

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