Hace un par de años, me parece que en el invierno del 2006, mientras estaba enfermo y me iba al hospital, en el centro de Santiago de Chile, cerca de las calles Bandera y Huérfános, dialogué con el gran jugador de la selección chilena de fútbol de los años 60, Luis Eyzaguirre. Cuando estaba en Santiago siempre pasaba por ahí y lo veía tranquilamente conversando mientras vendía revistas o diarios y me preguntaba cuánto aprenderían de este eximio futbolista los que ahora sólo se preocupan de llenarse los bolsillos o de salir en portadas faranduleras. El famoso "Fifo", apodado así, tras ser invitado por la FIFA a participar de un combinado mundial en un partido conmemorativo del centenario del fútbol allí en el mismísimo Wembley, ocupó el puesto de lateral derecho en la formación del club Universidad de Chile conocida como el Ballet Azul, con la que logró cinco campeonatos nacionales, y logró el tercer lugar con la Selección Chilena en el Mundial de 1962. En su época fue considerado el mejor lateral derecho del mundo, junto al brasileño Djalma Santos. Por la selección chilena jugó 39 partidos entre 1959 y 1966. Es considerado el mejor lateral derecho de la historia de la selección jugando 2 mundiales y mostrando siempre un gran nivel, destancando por ser un lateral que iba al ataque (algo inusual para la época) y que además defendía muy bien. Es un tipo inusual , afable, sencillo; con una enorme experiencia que bien cualquier deportista o simple persona puede pasar por allí y dialogar para comprender otra época del deporte nacional.
martes, 1 de enero de 2008
Descanso en las tierras de Salamanca, IV región
La imagen es del interior de Salamanca, en la cuarta región de Chile, en las tierras de Tahuinco, que significa "lugar donde se encuentran las aguas"; es un espacio donde descanso cada verano antes de viajar a otros lares. Es un paraje, en alguna medida silencioso, verde, de enorme solaz, con abundantes vistas de cerros; además es luminosamente humano en la casa que nos brinda acogida y tremendamente venturoso para un tiempo de estudio, lectura y buena mesa.
Casa de Neruda: La Chascona
En febrero de 2007 volví a visitar la casa de Pablo Neruda allí en los faldeos del cerro San Cristobal: La Chascona es el nombre que el pantagruélico escritor le dio a su casa en Santiago ubicada a los pies del cerro . Se ubica en la calle Fernando Márquez de la Plata 0192 en el sector de Providencia en Santiago de Chile. Es singular su origen, pues Neruda comenzó a construirla en 1953, en una ladera del cerro. Es una casa creada por el arquitecto español refugiado en Chile, Germán Rodríguez Arias y sólo fue en sus comienzos un edificio junto a una cascada. El dormitorio, en los altos, tenía una ventana sobre el cerro y la cascada, cuyas aguas, caían estrepitosa y alegremente, formando un arroyuelo que corría bajo la casa; hoy ese bello espectáculo no es posible visualizarlo; el dormitorio, sencillo y pequeño, se halla encima de un living con otro ventanal, existe una chimenea, sillones confortables, alfombras de cuero de vaca y un pequeño bar, en el hueco de la escalera que une los dos pisos, decorado con una colección de copas de colores, postales siúticas o cursi de principios de siglo y una torre de botellones antiguos, regalo de ese otro gran escritor argentino Oliverio Girondo, el del Espantapájaros...Luego se viaja hacia el living y desde ahí se baja a un patio de fisonomía colonial, que da hacia el comedor, hay otras dependencias y el cuarto de huéspedes; luego, bajando otra escalera, nos encontramos en la sinuosa callecita Márquez de la Plata. El comedor, refinadamente sencillo, decorado con naturalezas muertas y cuadros del pintor chileno Nemesio Antúnez, tiene dos mesas, una, redonda; la otra, alargada que corresponden a la parte más espaciosa y a la más estrecha del cuarto.Al fondo, un pasaje secreto, una subida en escalera de caracol...Luego, se asciende por los senderos al aire libre, de ahí la fotografía, pues no se puede atrapar imagen alguna del interior de la casa, ya que está inverosímilmente prohibido, algo que el poeta detestaba, por lo demás...a cuya vera hay jardines y estanques en que abundan en flores resplandecientes, peces de colores y grandes jaulas con loros, dominando esta primera construcción, llegamos a un bar de madera rústica semidescubierto, adornada con un abanico de más postales cursis, un retrato de Walt Whitman y un cartelón político de hace años, muy gracioso, con la figura de un chileno candidato a diputado, famoso por un sombrero de alas anchas y su flor en el ojal. Allí hay un viejo carrito marinero, una caja de música antigua, con sus rollos de valses y canciones melancólicas, y junto al bar queda el estudio del poeta: su mesa de trabajo, libros, fotografías, chimenea y un caballo de mimbre en un rincón. Una pasarela nos conduce al estudio de Matilde, donde hay un piano y otros instrumentos de música. Así es esa casa mágica, sencilla y naturalmente poética; pero siempre hay un detalle, el gran detalle es la actual administarción donde todo para ellos es negocio y marketing. Si alguien quiere leer e informarse del poeta acceda a http://www.soypoeta.es/especiales/sudamerica/040106-chascona.htm ; y si quiere conocer obra y vida del laureado poeta visita el sitio http://www.neruda.uchile.cl/links.html
Rock sinfónico en el Desierto

En el verano de 2007, la noche del 24 de febrero, asistí a un concierto en el Desierto del norte grande, al interior de la zona de Sierra Gorda, mejor dicho en las explanadas de Baquedano. Allí se congregó una cantidad de 20 mil personas para deleitarse, a pesar del frío, del concierto del grupo inglés Electric Light Orchesta. Allí salió esta imagen nocturna, desértica y casi fantasmal...
Palacio Larraín
En alguna época me tocó la suerte de vivir en un Palacio, el Palacio Larraín, un verdadero galeón situado como enorme nave en pleno centro de Santiago de Chile, lugar que tenía un valor más oneroso que el mismo centro de Nueva York a principios del siglo XX, en la época del oro blanco, el salitre. Allí, en esas enormes piezas con algunas lámparas de lágrimas y decorado barroco, conviví con estudiantes, artistas, modelos, cesantes, dueñas de casa, niños y jóvenes, aspirantes a actores y soñadores...Hoy es monumento nacional, pero muy derruido, pero la memoria está allí presente diciéndonos muchas cosas desde la otrora esquina colonial de calle Moneda con Cienfuegos. He vuelvo, algunas veces, cuando viajo a ciudad capital a deslumbrarme con esa bella mansión y a recordar otros tiempos idos del siglo anterior...
Exposición de Libros
Esta imagen corresponde a una actividad en celebración del Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor: es la "Exposición de libros patrimoniales y autógrafos" , el 23 de abril de 2007, en el Colegio Jesuita. El material expuesto es de mi inquietud, lectura y resguardo permanente y sin bien es cierto es de mi propiedad intento siempre ofrecer a la comunidad y así exhibir y enseñar esos valiosos materiales al público en general.
LA CATEDRAL DE ANTOFAGASTA
LA CATEDRAL DE ANTOFAGASTA
Francisco Javier Villegas
La ciudad, por estos días, reluce con una barnizada de aire frío y tormentoso. Pura niebla, como un ebrio nuevo y desconfiado. En medio de esta atmósfera el sol parece jugar con el templo mientras intento recoger aquel arrebato estético, el movimiento imposible por el cielo y el reposo en el silencio de su sagrado equilibrio.
Enclavada enfrente de la Plaza Colón la Catedral de Antofagasta preside nuestra formación de ciudad y provee un estilo gótico que destaca en toda esa irregularidad arquitectónica del centro, en todo el misterio de sus geometrías pétreas que se alzan como un espacio sorprendente que cautiva al viajero y que es orgullo de sus habitantes. Es un enorme espacio en que se cruzan masas de luces y sombras y en que el creyente anónimo, y el no creyente, se deslumbran serenamente por la armonía, la belleza o el cuerpo de la fe. ¿Cómo explicar todo esto? No existe forma. Sólo caminar. Detenerse frente a su enorme puerta e ingresar a su nave con paciencia y entusiasmo para descubrir el peso de la historia, todo el esplendor del silencio.
En otras épocas las catedrales se elevaban para dominar la ciudad reunida a su alrededor como al amparo de alas, para servir de refugio a los peregrinos perdidos en las rutas remotas, pero hoy en esta Catedral resuenan otros efectos: por ella circulan sacrificados obreros, mujeres, niños, gente menoscabada y sublime, empleados, algún poeta. Es imposible no entender esa arquitectura entre todo el tráfago de los ruidos de calle, los bocinazos, los hombres y mujeres con manos abiertas solicitando una generosidad, las filas de autos…
Pero el viento ha cambiado y otros silencios acompañan sus formas monumentales. A lo lejos resuenan los temblores de su campana; Cristo camina en cada uno de nosotros. Contraste poderoso: el templo potente en su silencio y sus columnas sin obstáculos, el altar balanceándose en las figuras religiosas; una parte de las naves con algunos fieles en recogimiento. Afuera, la gente escapa hacia el trabajo y hacia el consumismo casi desbocadamente, haciendo dudar de estos tiempos. Pero entre toda esa intensidad resuena un momento concreto para expresar lo esencial: el pensamiento espiritual expandido al máximo. Es evidente que nuestra catedral impone un sentimiento de confianza, por su armonía: allí se respira un aire tan diferente sin poder definir su gran volumen, esa visión de supremo misterio, el esplendor de la plena religiosidad.
Francisco Javier Villegas
La ciudad, por estos días, reluce con una barnizada de aire frío y tormentoso. Pura niebla, como un ebrio nuevo y desconfiado. En medio de esta atmósfera el sol parece jugar con el templo mientras intento recoger aquel arrebato estético, el movimiento imposible por el cielo y el reposo en el silencio de su sagrado equilibrio.
Enclavada enfrente de la Plaza Colón la Catedral de Antofagasta preside nuestra formación de ciudad y provee un estilo gótico que destaca en toda esa irregularidad arquitectónica del centro, en todo el misterio de sus geometrías pétreas que se alzan como un espacio sorprendente que cautiva al viajero y que es orgullo de sus habitantes. Es un enorme espacio en que se cruzan masas de luces y sombras y en que el creyente anónimo, y el no creyente, se deslumbran serenamente por la armonía, la belleza o el cuerpo de la fe. ¿Cómo explicar todo esto? No existe forma. Sólo caminar. Detenerse frente a su enorme puerta e ingresar a su nave con paciencia y entusiasmo para descubrir el peso de la historia, todo el esplendor del silencio.
En otras épocas las catedrales se elevaban para dominar la ciudad reunida a su alrededor como al amparo de alas, para servir de refugio a los peregrinos perdidos en las rutas remotas, pero hoy en esta Catedral resuenan otros efectos: por ella circulan sacrificados obreros, mujeres, niños, gente menoscabada y sublime, empleados, algún poeta. Es imposible no entender esa arquitectura entre todo el tráfago de los ruidos de calle, los bocinazos, los hombres y mujeres con manos abiertas solicitando una generosidad, las filas de autos…
Pero el viento ha cambiado y otros silencios acompañan sus formas monumentales. A lo lejos resuenan los temblores de su campana; Cristo camina en cada uno de nosotros. Contraste poderoso: el templo potente en su silencio y sus columnas sin obstáculos, el altar balanceándose en las figuras religiosas; una parte de las naves con algunos fieles en recogimiento. Afuera, la gente escapa hacia el trabajo y hacia el consumismo casi desbocadamente, haciendo dudar de estos tiempos. Pero entre toda esa intensidad resuena un momento concreto para expresar lo esencial: el pensamiento espiritual expandido al máximo. Es evidente que nuestra catedral impone un sentimiento de confianza, por su armonía: allí se respira un aire tan diferente sin poder definir su gran volumen, esa visión de supremo misterio, el esplendor de la plena religiosidad.
VICENTE HUIDOBRO, ADIOS...
HUIDOBRO, ADIOS
Francisco Javier Villegas
Escribo esta columna, algunos días después de haber estado visitando la tumba del poeta Vicente Huidobro, en el Sur, allá en la comuna-balneario de Cartagena. Sin embargo, para escribirla es necesario contar de aquellos años en que su vida estuvo llena de escritura, provocaciones, viajes, soledad y finalmente abandono. El poeta que fuera un clásico en París de los años 20 participando de todo ese huracán estético en la gran revolución del arte y que escribió que tenía derecho a ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris, sencillamente no fue profeta en su tierra.
Cincuenta y nueve años después de su muerte, camino en Cartagena, con el mar abierto de par en par, por los mismos lugares que el poeta debió haber recorrido. Desde la avenida costanera, observando las altas laderas que se alzan hacia el oriente, hacia la subida Huidobro, un lugar convertido ahora en un montón de viejas casonas que ofrecen pensiones y residenciales a los viajeros, como yo, mientras pienso en el poeta enfrentado a su propio holocausto, a su propia revelación en ese curioso destino que lo volvió a Cartagena, en sus últimos días, al regresar de Europa en 1946, mientras recuerdo ese bello poema que señalaba a la poesía como un perfecto atentado celeste: “ Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia / Hay la espera de mí mismo / Y esta espera es otro modo de presencia…”
Camino ahora en dirección a la tumba del poeta, en una de estas tardes extrañas, nubladas, pero con un tiempo suave y quieto. Subo por una huella de piedras y tierra en medio de una vegetación más bien baja y seca, con pocos árboles. En medio de esa caminata, un poco menos imposible que las subidas de los cerros de Valparaíso, surge una interrogación: ¿Ningún recuerdo, ninguna indicación en memoria del poeta? Vicente, el imaginativo de tiempo completo, no tardó en encontrar su última trinchera en los tranquilos cerros de Cartagena. En aquel retiro, frente al Pacífico, donde aún se conserva la casona familiar, se encuentra el sitio que designó personalmente para ser sepultado: un lugar donde ni siquiera algunas aves pueden borrar todas las penas que marcan el lugar. Ninguna flor. Asientos destruidos. Restos de pintura, rayados obscenos…
El más vanguardista de los poetas hispanoamericanos, sin premios ni buena crítica, duerme en lo alto de un cerro desde cuyo lugar se divisa entera la copa oceánica de la Playa Chica. Tal vez, por lo mismo, como presintiendo lo que iba a suceder, escribió con algo de cansancio y esperanza el verso que sobre su lápida dice: “Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar”.
No hay caso parece decir la tarde con cierta indiferencia. Vuelvo de regreso por la misma huella de piedras y tierra…Nadie más asoma el cuerpo entre estos cerros que recobran el pasado inmediato y me alejo de la tumba como si ésta nunca hubiera existido o como si el poeta Huidobro no hubiese muerto jamás.
Francisco Javier Villegas
Escribo esta columna, algunos días después de haber estado visitando la tumba del poeta Vicente Huidobro, en el Sur, allá en la comuna-balneario de Cartagena. Sin embargo, para escribirla es necesario contar de aquellos años en que su vida estuvo llena de escritura, provocaciones, viajes, soledad y finalmente abandono. El poeta que fuera un clásico en París de los años 20 participando de todo ese huracán estético en la gran revolución del arte y que escribió que tenía derecho a ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris, sencillamente no fue profeta en su tierra.
Cincuenta y nueve años después de su muerte, camino en Cartagena, con el mar abierto de par en par, por los mismos lugares que el poeta debió haber recorrido. Desde la avenida costanera, observando las altas laderas que se alzan hacia el oriente, hacia la subida Huidobro, un lugar convertido ahora en un montón de viejas casonas que ofrecen pensiones y residenciales a los viajeros, como yo, mientras pienso en el poeta enfrentado a su propio holocausto, a su propia revelación en ese curioso destino que lo volvió a Cartagena, en sus últimos días, al regresar de Europa en 1946, mientras recuerdo ese bello poema que señalaba a la poesía como un perfecto atentado celeste: “ Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia / Hay la espera de mí mismo / Y esta espera es otro modo de presencia…”
Camino ahora en dirección a la tumba del poeta, en una de estas tardes extrañas, nubladas, pero con un tiempo suave y quieto. Subo por una huella de piedras y tierra en medio de una vegetación más bien baja y seca, con pocos árboles. En medio de esa caminata, un poco menos imposible que las subidas de los cerros de Valparaíso, surge una interrogación: ¿Ningún recuerdo, ninguna indicación en memoria del poeta? Vicente, el imaginativo de tiempo completo, no tardó en encontrar su última trinchera en los tranquilos cerros de Cartagena. En aquel retiro, frente al Pacífico, donde aún se conserva la casona familiar, se encuentra el sitio que designó personalmente para ser sepultado: un lugar donde ni siquiera algunas aves pueden borrar todas las penas que marcan el lugar. Ninguna flor. Asientos destruidos. Restos de pintura, rayados obscenos…
El más vanguardista de los poetas hispanoamericanos, sin premios ni buena crítica, duerme en lo alto de un cerro desde cuyo lugar se divisa entera la copa oceánica de la Playa Chica. Tal vez, por lo mismo, como presintiendo lo que iba a suceder, escribió con algo de cansancio y esperanza el verso que sobre su lápida dice: “Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar”.
No hay caso parece decir la tarde con cierta indiferencia. Vuelvo de regreso por la misma huella de piedras y tierra…Nadie más asoma el cuerpo entre estos cerros que recobran el pasado inmediato y me alejo de la tumba como si ésta nunca hubiera existido o como si el poeta Huidobro no hubiese muerto jamás.
EVOCACIÓN DE PANCHO J.SMYTHE
EVOCACIÓN DE FRANCISCO J. SMYTHE
Francisco Javier Villegas
Lo recuerdo en el sueño de sobrepasar todos los límites imaginables, sin ningún tipo de restricción o prejuicio frente al espacio de creatividad para centralizarse en el orgullo infinito de su pintura, fiel reflejo de esa naturaleza limpia, amable y sencilla que poesía. Lo recuerdo invocando un tiempo ágil, bajo su barba, buscando algo cuya forma desconocía, del todo: la búsqueda de una realidad indefinible, el deseo fugaz o la suavidad de la luz.
Un día de esos en que la existencia se levanta simultáneamente con un rigor de esplendor y gesto súbito, nos encontramos con el pintor Smythe en el deseo de compartir un acto poético que fuera más allá de los límites convencionales. Que el arte saliera de las salas, a las calles y que navegara en el mar del Sur, nuestro sur, tratando de eludir toda huella anterior como en las fiestas de los pueblos antiguos disputándose el corazón y la palabra…
Por eso cuando años más tarde, en el bullicio de otra ciudad acelerada, apareció el arte de sus corazones gigantes y su poesía, como el lenguaje de fondo de la buena humanidad, sentí el telegrama urgente de aquel pintor extraviado entre los bocinazos que aseguraba el tiempo más allá de la capacidad de asombro. Una sorpresiva singularidad, un espacio disputado entre la montaña y el corazón, entre la fantasía del juego y la nostalgia que entremezcló con una fuerza emotiva particularmente íntima y directa. La visión del poeta-pintor no interesada por las cosas desde el punto de vista de la exactitud mecánica , sino por el efecto que su observación ejercía sobre la conciencia viva del hombre y mujer sensible que hay en todos nosotros.
La obra de Smythe es un imaginario inconcluso que combinó el optimismo, la erupción del color, el pop, el primitivismo refinado en una época en que el poeta intentaba abrazar el universo con cuidadosa obsesión. Sin embargo, el fuego de la vida se abrió para que Francisco J. Smythe viajara al País de Nunca Jamás , a otro tiempo más puro, a otro sueño de alquimia, reclamando nuestro sentido originario de historia fragmentada.
Ahora, en el inicio de este invierno sin equilibrio y con toda esa particular música de los tonos nebulosos del norte , el pintor Smythe nos estará diciendo, a modo del poeta del bosque: “el océano de colores germina ante nuestros ojos donde la expresión de lo invisible se encuentra en medio de toda esa vorágine de lo visible”. Es por eso que al evocar al poeta-pintor en su convincente inspiración, aparecen formas y colores cerro abajo; una caligrafía de designios azules, amarillos y rojos, en la búsqueda de su originalidad o, como debiera decirse, un logro de comprometida sinceridad tan escaso y difícil entre los artistas.
Smythe, sin duda, se elige entre los grandes por todo ese universo ilimitado, por esa pintura sentida como una riqueza de formas amplias o enteramente alegre y exuberante. Así el pintor debe haber ascendido desde su propio corazón hasta el jardín de la memoria, pasando desde Florencia hasta ciudad de México, avanzando por los mares australes, para llegar al abismante desierto, inclinando su alma con dolor y permitirnos esa única y fluida verdad: convencernos definitivamente de rescatar el fuego en la esperanza por la propia existencia.
Francisco Javier Villegas
Lo recuerdo en el sueño de sobrepasar todos los límites imaginables, sin ningún tipo de restricción o prejuicio frente al espacio de creatividad para centralizarse en el orgullo infinito de su pintura, fiel reflejo de esa naturaleza limpia, amable y sencilla que poesía. Lo recuerdo invocando un tiempo ágil, bajo su barba, buscando algo cuya forma desconocía, del todo: la búsqueda de una realidad indefinible, el deseo fugaz o la suavidad de la luz.
Un día de esos en que la existencia se levanta simultáneamente con un rigor de esplendor y gesto súbito, nos encontramos con el pintor Smythe en el deseo de compartir un acto poético que fuera más allá de los límites convencionales. Que el arte saliera de las salas, a las calles y que navegara en el mar del Sur, nuestro sur, tratando de eludir toda huella anterior como en las fiestas de los pueblos antiguos disputándose el corazón y la palabra…
Por eso cuando años más tarde, en el bullicio de otra ciudad acelerada, apareció el arte de sus corazones gigantes y su poesía, como el lenguaje de fondo de la buena humanidad, sentí el telegrama urgente de aquel pintor extraviado entre los bocinazos que aseguraba el tiempo más allá de la capacidad de asombro. Una sorpresiva singularidad, un espacio disputado entre la montaña y el corazón, entre la fantasía del juego y la nostalgia que entremezcló con una fuerza emotiva particularmente íntima y directa. La visión del poeta-pintor no interesada por las cosas desde el punto de vista de la exactitud mecánica , sino por el efecto que su observación ejercía sobre la conciencia viva del hombre y mujer sensible que hay en todos nosotros.
La obra de Smythe es un imaginario inconcluso que combinó el optimismo, la erupción del color, el pop, el primitivismo refinado en una época en que el poeta intentaba abrazar el universo con cuidadosa obsesión. Sin embargo, el fuego de la vida se abrió para que Francisco J. Smythe viajara al País de Nunca Jamás , a otro tiempo más puro, a otro sueño de alquimia, reclamando nuestro sentido originario de historia fragmentada.
Ahora, en el inicio de este invierno sin equilibrio y con toda esa particular música de los tonos nebulosos del norte , el pintor Smythe nos estará diciendo, a modo del poeta del bosque: “el océano de colores germina ante nuestros ojos donde la expresión de lo invisible se encuentra en medio de toda esa vorágine de lo visible”. Es por eso que al evocar al poeta-pintor en su convincente inspiración, aparecen formas y colores cerro abajo; una caligrafía de designios azules, amarillos y rojos, en la búsqueda de su originalidad o, como debiera decirse, un logro de comprometida sinceridad tan escaso y difícil entre los artistas.
Smythe, sin duda, se elige entre los grandes por todo ese universo ilimitado, por esa pintura sentida como una riqueza de formas amplias o enteramente alegre y exuberante. Así el pintor debe haber ascendido desde su propio corazón hasta el jardín de la memoria, pasando desde Florencia hasta ciudad de México, avanzando por los mares australes, para llegar al abismante desierto, inclinando su alma con dolor y permitirnos esa única y fluida verdad: convencernos definitivamente de rescatar el fuego en la esperanza por la propia existencia.
LA CIUDAD DE ANTOFAGASTA (CHILE) Y SUS LIBRERÍAS
LA CIUDAD DE ANTOFAGASTA Y SUS LIBRERÍAS
Francisco Javier Villegas
Un viejo compañero de letras argentino me contaba en el verano recién pasado su visión de esta realidad urbana: “Tengo que confesarte la verdad. No he podido encontrar una librería con alma y con belleza en este paraje del desierto…” En ello y según una estadística verificablemente simple, el habitante de esta ciudad cuenta con sólo tres óptimas librerías y un mercado alternativo del negocio librero, en dos lugares públicos de esta urbe. Podemos determinar, entonces, que existe sólo una de ellas por cada 115 mil personas aproximadamente: una cantidad pobrísima si la comparamos con la abarrotada cantidad de hoteles y residenciales de turismo; moteles y locales nocturnos que inundan este afiebrado y largo dominio nortino. Ahora, no nos asustemos tanto, dirá alguien, porque Santiago, con ya seis millones de habitantes, tiene apenas 50 saludables librerías.
Recorrer la ciudad en busca de un sitio íntimo cuya seducción opera a través de la serie de títulos y de sus estanterías repletas de libros puede deparar un golpe inaudito y estéticamente gozoso para quien ya esté cansado del vano artificio y de la típica postal desértica. Es sabido que estos lugares del conocimiento, entregan en parte, de una manera sencillísima, la temperatura cultural de una ciudad y la nuestra, por cierto, debe subir, a por lo menos veinte grados. El libro, ese viejo amigo de la mancomunión y del cambio social, debe vivir, por supuesto, en el lector, pero su punto de inicio se encuentra en su casa esencial: la librería. Como quiera que se observe ese lugar debe ser un cálido espacio donde el libro comienza a vivir. Y pienso en ello donde los lectores furtivos debemos quedar mudos leyendo sus títulos, olfateando sus páginas; calados por la magia propia del disfrute literario. Agrego un dato literario, al respecto: a Ernest Hemingway, por ejemplo, le preguntaron en cierta oportunidad qué lugar nunca dejaba de visitar en su recorrido por una ciudad y el gran lobo y romántico inconfeso, respondió, entre otras consideraciones, que su voluntad, le obligaba a conocer las librerías que existían en ella, además de los cementerios…
El mundo en que vivimos hace necesario e indispensable que una parte de lo nuestro, de lo cotidiano permanezca en ese ámbito de lo maravilloso y fantástico que es la impresión de leer: el sentimiento de lo bello nos confirma la necesidad del hallazgo por un buen libro ya que la magia de la lectura, una responsabilidad de progreso social, no terminará nunca que ni siquiera la tecnología digital podrá sustituir.
Quisiera recordar una afirmación que apareció en España, en un estudio realizado por CEGAL, sobre la situación de las librerías y que es válido también para América Latina : el sector de las librerías tiene un papel cultural fundamental dentro del mercado del libro: principalmente como agentes que garantizan y promueven el pluralismo en la oferta de libros en el mercado, que a la vez favorecen el acceso de los lectores a la oferta de editorial y que pueden orientar las decisiones de la demanda. El reconocimiento de la importancia de esta función cultural de la librería debe ocupar un espacio destacado en el contenido de una política pública de fomento del libro…
En fin, el libro me sigue dando un gusto de silencio en la garganta. No importa cuántas veces haya estado en una librería, ya sea en Valparaíso, Puerto Montt, Mendoza, Buenos Aires o en una ilimitada librería de viejo…la sensación es siempre la misma: asombro por su olor particular, por el misterio de la poesía en sus estanterías…Me temo que en más de una oportunidad esa vehemente necesidad de leer me dejó sin almorzar, pero el misterioso ejemplar recién comprado me aseguró el sabor de una deliciosa e infinita frescura.
Francisco Javier Villegas
Un viejo compañero de letras argentino me contaba en el verano recién pasado su visión de esta realidad urbana: “Tengo que confesarte la verdad. No he podido encontrar una librería con alma y con belleza en este paraje del desierto…” En ello y según una estadística verificablemente simple, el habitante de esta ciudad cuenta con sólo tres óptimas librerías y un mercado alternativo del negocio librero, en dos lugares públicos de esta urbe. Podemos determinar, entonces, que existe sólo una de ellas por cada 115 mil personas aproximadamente: una cantidad pobrísima si la comparamos con la abarrotada cantidad de hoteles y residenciales de turismo; moteles y locales nocturnos que inundan este afiebrado y largo dominio nortino. Ahora, no nos asustemos tanto, dirá alguien, porque Santiago, con ya seis millones de habitantes, tiene apenas 50 saludables librerías.
Recorrer la ciudad en busca de un sitio íntimo cuya seducción opera a través de la serie de títulos y de sus estanterías repletas de libros puede deparar un golpe inaudito y estéticamente gozoso para quien ya esté cansado del vano artificio y de la típica postal desértica. Es sabido que estos lugares del conocimiento, entregan en parte, de una manera sencillísima, la temperatura cultural de una ciudad y la nuestra, por cierto, debe subir, a por lo menos veinte grados. El libro, ese viejo amigo de la mancomunión y del cambio social, debe vivir, por supuesto, en el lector, pero su punto de inicio se encuentra en su casa esencial: la librería. Como quiera que se observe ese lugar debe ser un cálido espacio donde el libro comienza a vivir. Y pienso en ello donde los lectores furtivos debemos quedar mudos leyendo sus títulos, olfateando sus páginas; calados por la magia propia del disfrute literario. Agrego un dato literario, al respecto: a Ernest Hemingway, por ejemplo, le preguntaron en cierta oportunidad qué lugar nunca dejaba de visitar en su recorrido por una ciudad y el gran lobo y romántico inconfeso, respondió, entre otras consideraciones, que su voluntad, le obligaba a conocer las librerías que existían en ella, además de los cementerios…
El mundo en que vivimos hace necesario e indispensable que una parte de lo nuestro, de lo cotidiano permanezca en ese ámbito de lo maravilloso y fantástico que es la impresión de leer: el sentimiento de lo bello nos confirma la necesidad del hallazgo por un buen libro ya que la magia de la lectura, una responsabilidad de progreso social, no terminará nunca que ni siquiera la tecnología digital podrá sustituir.
Quisiera recordar una afirmación que apareció en España, en un estudio realizado por CEGAL, sobre la situación de las librerías y que es válido también para América Latina : el sector de las librerías tiene un papel cultural fundamental dentro del mercado del libro: principalmente como agentes que garantizan y promueven el pluralismo en la oferta de libros en el mercado, que a la vez favorecen el acceso de los lectores a la oferta de editorial y que pueden orientar las decisiones de la demanda. El reconocimiento de la importancia de esta función cultural de la librería debe ocupar un espacio destacado en el contenido de una política pública de fomento del libro…
En fin, el libro me sigue dando un gusto de silencio en la garganta. No importa cuántas veces haya estado en una librería, ya sea en Valparaíso, Puerto Montt, Mendoza, Buenos Aires o en una ilimitada librería de viejo…la sensación es siempre la misma: asombro por su olor particular, por el misterio de la poesía en sus estanterías…Me temo que en más de una oportunidad esa vehemente necesidad de leer me dejó sin almorzar, pero el misterioso ejemplar recién comprado me aseguró el sabor de una deliciosa e infinita frescura.
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