martes, 1 de enero de 2008

EVOCACIÓN DE PANCHO J.SMYTHE

EVOCACIÓN DE FRANCISCO J. SMYTHE


Francisco Javier Villegas



Lo recuerdo en el sueño de sobrepasar todos los límites imaginables, sin ningún tipo de restricción o prejuicio frente al espacio de creatividad para centralizarse en el orgullo infinito de su pintura, fiel reflejo de esa naturaleza limpia, amable y sencilla que poesía. Lo recuerdo invocando un tiempo ágil, bajo su barba, buscando algo cuya forma desconocía, del todo: la búsqueda de una realidad indefinible, el deseo fugaz o la suavidad de la luz.

Un día de esos en que la existencia se levanta simultáneamente con un rigor de esplendor y gesto súbito, nos encontramos con el pintor Smythe en el deseo de compartir un acto poético que fuera más allá de los límites convencionales. Que el arte saliera de las salas, a las calles y que navegara en el mar del Sur, nuestro sur, tratando de eludir toda huella anterior como en las fiestas de los pueblos antiguos disputándose el corazón y la palabra…

Por eso cuando años más tarde, en el bullicio de otra ciudad acelerada, apareció el arte de sus corazones gigantes y su poesía, como el lenguaje de fondo de la buena humanidad, sentí el telegrama urgente de aquel pintor extraviado entre los bocinazos que aseguraba el tiempo más allá de la capacidad de asombro. Una sorpresiva singularidad, un espacio disputado entre la montaña y el corazón, entre la fantasía del juego y la nostalgia que entremezcló con una fuerza emotiva particularmente íntima y directa. La visión del poeta-pintor no interesada por las cosas desde el punto de vista de la exactitud mecánica , sino por el efecto que su observación ejercía sobre la conciencia viva del hombre y mujer sensible que hay en todos nosotros.

La obra de Smythe es un imaginario inconcluso que combinó el optimismo, la erupción del color, el pop, el primitivismo refinado en una época en que el poeta intentaba abrazar el universo con cuidadosa obsesión. Sin embargo, el fuego de la vida se abrió para que Francisco J. Smythe viajara al País de Nunca Jamás , a otro tiempo más puro, a otro sueño de alquimia, reclamando nuestro sentido originario de historia fragmentada.

Ahora, en el inicio de este invierno sin equilibrio y con toda esa particular música de los tonos nebulosos del norte , el pintor Smythe nos estará diciendo, a modo del poeta del bosque: “el océano de colores germina ante nuestros ojos donde la expresión de lo invisible se encuentra en medio de toda esa vorágine de lo visible”. Es por eso que al evocar al poeta-pintor en su convincente inspiración, aparecen formas y colores cerro abajo; una caligrafía de designios azules, amarillos y rojos, en la búsqueda de su originalidad o, como debiera decirse, un logro de comprometida sinceridad tan escaso y difícil entre los artistas.

Smythe, sin duda, se elige entre los grandes por todo ese universo ilimitado, por esa pintura sentida como una riqueza de formas amplias o enteramente alegre y exuberante. Así el pintor debe haber ascendido desde su propio corazón hasta el jardín de la memoria, pasando desde Florencia hasta ciudad de México, avanzando por los mares australes, para llegar al abismante desierto, inclinando su alma con dolor y permitirnos esa única y fluida verdad: convencernos definitivamente de rescatar el fuego en la esperanza por la propia existencia.

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