martes, 1 de enero de 2008

LA CATEDRAL DE ANTOFAGASTA

LA CATEDRAL DE ANTOFAGASTA

Francisco Javier Villegas


La ciudad, por estos días, reluce con una barnizada de aire frío y tormentoso. Pura niebla, como un ebrio nuevo y desconfiado. En medio de esta atmósfera el sol parece jugar con el templo mientras intento recoger aquel arrebato estético, el movimiento imposible por el cielo y el reposo en el silencio de su sagrado equilibrio.

Enclavada enfrente de la Plaza Colón la Catedral de Antofagasta preside nuestra formación de ciudad y provee un estilo gótico que destaca en toda esa irregularidad arquitectónica del centro, en todo el misterio de sus geometrías pétreas que se alzan como un espacio sorprendente que cautiva al viajero y que es orgullo de sus habitantes. Es un enorme espacio en que se cruzan masas de luces y sombras y en que el creyente anónimo, y el no creyente, se deslumbran serenamente por la armonía, la belleza o el cuerpo de la fe. ¿Cómo explicar todo esto? No existe forma. Sólo caminar. Detenerse frente a su enorme puerta e ingresar a su nave con paciencia y entusiasmo para descubrir el peso de la historia, todo el esplendor del silencio.

En otras épocas las catedrales se elevaban para dominar la ciudad reunida a su alrededor como al amparo de alas, para servir de refugio a los peregrinos perdidos en las rutas remotas, pero hoy en esta Catedral resuenan otros efectos: por ella circulan sacrificados obreros, mujeres, niños, gente menoscabada y sublime, empleados, algún poeta. Es imposible no entender esa arquitectura entre todo el tráfago de los ruidos de calle, los bocinazos, los hombres y mujeres con manos abiertas solicitando una generosidad, las filas de autos…

Pero el viento ha cambiado y otros silencios acompañan sus formas monumentales. A lo lejos resuenan los temblores de su campana; Cristo camina en cada uno de nosotros. Contraste poderoso: el templo potente en su silencio y sus columnas sin obstáculos, el altar balanceándose en las figuras religiosas; una parte de las naves con algunos fieles en recogimiento. Afuera, la gente escapa hacia el trabajo y hacia el consumismo casi desbocadamente, haciendo dudar de estos tiempos. Pero entre toda esa intensidad resuena un momento concreto para expresar lo esencial: el pensamiento espiritual expandido al máximo. Es evidente que nuestra catedral impone un sentimiento de confianza, por su armonía: allí se respira un aire tan diferente sin poder definir su gran volumen, esa visión de supremo misterio, el esplendor de la plena religiosidad.

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